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LA LEGALIZACIÓN DE LA TORTURA EN UN FILM CONMOVEDOR

Televisiones locales transmitieron en Francia en las últimas semanas un film de shock: “Henri Alleg, el hombre de La Question”.

Con pocas excepciones, los grandes media ignoraron la iniciativa, porque el tema es incomodo para quienes detentan el Poder, conscientes de que las nuevas generaciones asimilaran de la historia de las guerras coloniales de Francia la visión distorsionada que de ella presentan los manuales escolares.

El Film de Christophe Kantcheff, muy bello, es más literario que político, pero provoco malestar en el Gobierno de Sarkozy y en el Alto Mando del Ejército al recordar que la tortura fue una práctica rutinaria durante la Guerra de Argelia.

Para avivar la memoria de los franceses de este inicio del Siglo XXI, Kantcheff fusiona pasado y presente, en una obra en que la lectura de pasajes de “La Question”, en una cárcel inmunda, por un gran actor contemporáneo, alterna con el testimonio de Alleg que al responder a jóvenes que los rodean en una sala de conferencias, evoca hoy las torturas a que fue sometido.

Publicado en el auge de la guerra de Argelia en 1958, “La Question” – palabra que utilizaba La Inquisición en la Edad Media para designar la tortura- fue secuestrada, pero la ola de emoción, escándalo desencadenada por el libro conmovió a Francia.

Dos Premios Nobel, Roger Martin du Gard y François Mauriac y dos grandes escritores, Jean Paul Sartre y André Malraux, firmaron entonces un documento, exigiendo del Gobierno francés una respuesta a las gravísimas denuncias de Alleg, torturado por los paracaidistas del General Massu.

Traducido en 30 lenguas, el libro circulo por el mundo y la indignación suscitada por las revelaciones en él contenidas, al enlodar la imagen de honor cultivada por el Ejército Francés, contribuyó a apresurar el fin de la guerra sucia y criminal contra Argelia.

Pero en una época como la nuestra de desinformación y perversión mediática en que jóvenes franceses, en respuesta a encuestas de opinión, afirman que la URSS fue aliada de la Alemania nazi durante la II Guerra Mundial, no es sorprendente que ignoren los crímenes cometidos en las guerras coloniales de su país.

Es por tanto comprensible la emoción suscitada por el film de Kantcheff. Millares de telespectadores escucharon con un sentimiento de angustia a Henri Alleg, al lado del edificio del antiguo centro de terror de El Biar, donde fue torturado bárbaramente por los oficiales de la 10° División de paracaidistas, contar historias de horror que se diría han ocurrido en una tierra inimaginable.

Y con todo ellas fueron bien reales. Esos hechos ocurrieron hace 50 años.

Henri Alleg, preso por defender como director del diario “Alger Republicain” (ya entonces prohibido y clausurado), el derecho del pueblo musulmán argelino a la autodeterminación, fue tratado como un animal por oficiales franceses que lo sometieron a torturas que figuraban en los manuales de la Gestapo hitleriana.

Y a todo resistió. No hablo cuando le aplicaron choques eléctricos en la boca y en los genitales, y callado permaneció cuando lo colgaron con la cabeza abajo, como si fuera un puerco después de abatido. Resistió inclusive a la inyección de Pentotal, el mal llamado “suero de la verdad”.

En este tiempo de crisis de civilización, en que los detentadores del poder glorifican la religión del dinero y todo hacen para rescribir la Historia, es reconfortante escuchar la palabra de Henri Alleg. Como revolucionario y comunista, el sintió, después de transferido de El Biar para la prisión Barberouse, que era su deber llevar al conocimiento del pueblo francés lo que pasaba en aquel centro de horrores. Y decidió escribir no un simple folleto sobre su experiencia personal, si no “La Question”, el libro que se volvería con los años un best seller mundial.

Utilizando un cuaderno en el que teóricamente preparaba su defensa, consiguió hacer salir del presidio, por manos de abogados venidos de Francia (algunos asesinados por los fascistas de la OAS), cuatro hojas por vez, en letra menuda, el texto que poco a poco iba redactando, eludiendo la vigilancia de los guardias.

No fue además por casualidad que el Partido Comunista Portugués, entonces en la clandestinidad, distribuyo el libro a sus militantes, en edición xerocopiada, por ver en Alleg ejemplo del comportamiento digno y consecuente de un comunista preso y torturado.

El Film de Christophe Kantcheff procura sobre todo iluminar al hombre y su coraje, como paradigma del heroísmo individual. El combatiente revolucionario aparece diluido, lo que es una pena.

No creo que ninguno de los canales portugueses de televisión lo incluya en su programación. El tema de la guerra colonial también en Portugal continúa incomodando a aquellos que aquí ejercen el poder económico y político.

Es difícil olvidar que ni uno solo de los oficiales paracaidistas que torturaron a Henri Alleg en El Biar fue condenado por sus actos criminales. Todos fueron ascendidos posteriormente de acuerdo con su antigüedad y algunos condecorados por servicios a la patria.

Sucesivos gobiernos de Francia y el Alto Mando de su Ejército no reconocieron hasta hoy la práctica de la tortura durante la guerra de Argelia.

Es útil aclarar que en el film de Kantcheff, Alleg, estableciendo un puente entre el pasado y el presente, subraya, dirigiéndose a los jóvenes que lo escuchan, que la tortura en el mundo actual no solamente permanece sino que en algunos países tiene cobertura institucional. Y cita el caso de los EEUU y de Israel. En el primero de esos países, el Congreso, a propuesta del ex-presidente George Bush, aprobó una ley que autoriza ciertas formas de tortura (algunas fueron rutinarias en Guantánamo y en el presidio iraquí de Abu Ghraib). En lo tocante a Israel, generales sionistas reconocieron que en 2006, durante la guerra de agresión al pueblo de Líbano, utilizaron, con aprobación oficial manuales de las SS Nazis.

Sentí que era un deber escribir estas líneas al ver “Henri Alleg, l’ homme de La Question”. Es para mí motivo de orgullo que el autor de Mémoire Algérienne me incluya entre sus mejores amigos.

Una larga vida me abrió la posibilidad de conocer y en ocasiones trabajar con grandes revolucionarios del siglo XX. En Henri Alleg identifico uno de los más puros y auténticos comunistas que conocí.

Vila Nova de Gaia

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