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VATICANO ANTICOMUNISTA


“Sin Dios el hombre no sabe dónde ir ni tampoco logra entender quién es.” Benedicto XVI.La Encíclica publicada por el Vaticano y firmada por el Papa Benedicto XVI Caritas in veritate (Caridad en la verdad), sobre el desarrollo humano integral (junio de 2009), es continuismo de la conservadora y autodenominada doctrina social de la iglesia, en la cual incluye la escuela anticomunista de los sucesores de San Pedro.

Sigue el camino de Renon novarun de León XIII (1891); Populorum progressio de Pablo VI (1967); Sollicitudo rei socialis (1987) y Centesimus annus (1991), ambas de Juan Pablo II.

El documento papal asume con Pablo VI una “visión articulada del desarrollo”, con la cual “quiso indicar el objetivo de que los pueblos salieran del hambre, la miseria, las enfermedades endémicas y el analfabetismo. Desde el punto de vista económico, eso significaba su participación activa y en condiciones de igualdad en el proceso económico internacional; desde el punto de vista social, su evolución hacia sociedades solidarias y con buen nivel de formación; desde el punto de vista político, la consolidación de regímenes democráticos capaces de asegurar libertad y paz.” Parafraseando a Franz Hinkelamert: de la tierra al cielo parece haber una escalera, el problema es encontrarla. En el Vaticano se preguntan “hasta qué punto se han cumplido las expectativas de Pablo VI siguiendo el modelo de desarrollo que se ha adoptado en las últimas décadas”.

La encíclica de Benedicto no trae novedad, salvo “la globalización” y lo que él llama algunos de sus productos “negativos y positivos”. En materia de los elementos de diagnóstico es difícil no estar de acuerdo con el mapa de problemas que presenta. Claro que hoy el cinismo no le alcanza para ocultar lo que está pasando. Reconoce la obvia crisis de la economía y se extiende en describir problemas de lo que él denomina la “cuestión social”, a saber: la pobreza, el hambre, la discriminación religiosa y cultural, la violencia, el desempleo, la corrupción, el deterioro del medio ambiente entre otros.

El documento describe el desarrollo definido por un “nuevo contexto” con respecto a las encíclicas de Juan Pablo II en 1987 y 1991. En términos del documento, “El mercado, al hacerse global, ha estimulado, sobre todo en países ricos, la búsqueda de áreas en las que emplazar la producción a bajo coste con el fin de reducir los precios de muchos bienes, aumentar el poder de adquisición y acelerar por tanto el índice de crecimiento, centrado en un mayor consumo en el propio mercado interior. Consecuentemente, el mercado ha estimulado nuevas formas de competencia entre los estados con el fin de atraer centros productivos de empresas extranjeras, adoptando diversas medidas, como una fiscalidad favorable y la falta de reglamentación del mundo del trabajo. Estos procesos han llevado a la reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales formas del Estado social. Los sistemas de seguridad social pueden perder la capacidad de cumplir su tarea, tanto en los países pobres, como en los emergentes, e incluso en los ya desarrollados desde hace tiempo.”

Según el Papa, en tal situación, “… el Estado se encuentra con el deber de afrontar las limitaciones que pone a su soberanía el nuevo contexto económico-comercial y financiero internacional, caracterizado también por una creciente movilidad de los capitales financieros y los medios de producción materiales e inmateriales. Este nuevo contexto ha modificado el poder político de los estados. Hoy, aprendiendo también la lección que proviene de la crisis económica actual, en la que los poderes públicos del Estado se ven llamados directamente a corregir errores y disfunciones, parece más realista una renovada valoración de su papel y de su poder, que han de ser sabiamente reexaminados y revalorizados, de modo que sean capaces de afrontar los desafíos del mundo actual, incluso con nuevas modalidades de ejercerlos.”

A todo esto, el Vaticano responde con evasivas: “la iglesia no tiene salidas técnicas” y su “doctrina no es ideología”. Sin embargo, a renglón seguido lanza las consignas anti comunistas, al considerar “oportuno hacer un llamamiento a las organizaciones sindicales de los trabajadores, desde siempre alentadas y sostenidas por la Iglesia, ante la urgente exigencia de abrirse a las nuevas perspectivas que surgen en el ámbito laboral. Las organizaciones sindicales están llamadas a hacerse cargo de los nuevos problemas de nuestra sociedad, superando las limitaciones propias de los sindicatos de clase” los cuales son peligrosos y de ahí a llamarlos barbaros terroristas sólo hay una bendición o un padre nuestro. El Vaticano piensa por descarte y, aunque no tienen clara la salida, el caso es que esta no sea comunista.

Al convocar el abandono del carácter de clase en el sindicato, Benedicto retoma su tradición antirevolucionaria, propia de la doctrina social de la iglesia, que bien puede alimentar la doctrina de seguridad nacional: ambas tienen origen en el conservadurismo y vemos a los curas alineándose a nivel nacional con el fascismo, los golpes de Estado y en general con la derecha.

Los antecedentes de esta línea sobre el desarrollo y el anticomunismo los escribe Juan Pablo II en la encíclica Centesimus annus de 1991: “cuando ya se veía claramente la gravísima injusticia de la realidad social, que se daba en muchas partes, y el peligro de una revolución favorecida por las concepciones llamadas entonces «socialistas», León XIII intervino con un documento que afrontaba de manera orgánica la «cuestión obrera».” De esta manera León XIII, siguiendo las huellas de sus predecesores, establecía un paradigma permanente para la Iglesia. Ésta, en efecto, hace oír su voz ante determinadas situaciones humanas, individuales y comunitarias, nacionales e internacionales, para las cuales formula una verdadera doctrina, un corpus, que le permite analizar las realidades sociales, pronunciarse sobre ellas y dar orientaciones para la justa solución de los problemas derivados de las mismas. Como entonces, hay que repetir que no existe verdadera solución para la «cuestión social» fuera del Evangelio y que, por otra parte, las «cosas nuevas» pueden hallar en él su propio espacio de verdad y el debido planteamiento moral.” Lo que queda es rezar pues.

En palabras de éste “paradigma”, de ese “corpus”, de esa “doctrina”, para solucionar “este mal (la injusta distribución de las riquezas junto con la miseria de los proletarios) los socialistas instigan a los pobres al odio contra los ricos y tratan de acabar con la propiedad privada estimando mejor que, en su lugar, todos los bienes sean comunes...; pero esta teoría es tan inadecuada para resolver la cuestión, que incluso llega a perjudicar a las propias clases obreras; y es además sumamente injusta, pues ejerce violencia contra los legítimos poseedores, altera la misión del Estado y perturba fundamentalmente todo el orden social... No se podían indicar mejor los males acarreados por la instauración de este tipo de socialismo como sistema de Estado, que sería llamado más adelante «socialismo real.”
Y tienen razones para que nos consideren peligrosos. Juan Pablo II cita la Rerum novarum de León XIII en la cual recurría al “carácter natural del derecho a la propiedad privada, en contra del socialismo de su tiempo… Este derecho, fundamental en toda persona para su autonomía y su desarrollo, ha sido defendido siempre por la Iglesia hasta nuestros días. Asimismo, la Iglesia enseña que la propiedad de los bienes no es un derecho absoluto, ya que en su naturaleza de derecho humano lleva inscrita la propia limitación.” Visto así, no podemos ser angelitos.

En eta línea de argumentación, “El origen primigenio de todo lo que es un bien es el acto mismo de Dios que ha creado el mundo y el hombre, y que ha dado a éste la tierra para que la domine con su trabajo y goce de sus frutos (cf. Gn 1, 28-29). Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno. He ahí, pues, la raíz primera del destino universal de los bienes de la tierra. Ésta, por su misma fecundidad y capacidad de satisfacer las necesidades del hombre, es el primer don de Dios para el sustento de la vida humana. Ahora bien, la tierra no da sus frutos sin una peculiar respuesta del hombre al don de Dios, es decir, sin el trabajo. Mediante el trabajo, el hombre, usando su inteligencia y su libertad, logra dominarla y hacer de ella su digna morada. De este modo, se apropia una parte de la tierra, la que se ha conquistado con su trabajo: he ahí el origen de la propiedad individual. Obviamente le incumbe también la responsabilidad de no impedir que otros hombres obtengan su parte del don de Dios, es más, debe cooperar con ellos para dominar juntos toda la tierra.” Con esto no resulta difícil encontrar entre nuestro Pueblo respuestas al porqué de la pobreza como estas: “Dios lo quiso así”; “Dios sabe como hace las cosas” “el rico trabaja más”, etc.

En la cita anterior además, el difunto Papa dejó de lado las formas de apropiación violenta de la tierra y de sus productos. No quiso aprender con Marx cual es el verdadero origen de la propiedad privada con argumentos materialistas y no metafísicos como los del cinismo divino. Del lado del corazón, el Vaticano es muy peligroso.
La Centesimus annus de 1991 de Juan Pablo II es también un uso ideológico de la crisis del socialismo histórico contra el marxismo y sobre las cenizas de esa crisis, propone la doctrina social de la iglesia. Aunque acepta que “la crisis del marxismo no elimina en el mundo las situaciones de injusticia y de opresión existentes, de las que se alimentaba el marxismo mismo, instrumentalizándolas”, convoca “a quienes hoy día buscan una nueva y auténtica teoría y praxis de liberación, la Iglesia ofrece no sólo la doctrina social y, en general, sus enseñanzas sobre la persona redimida por Cristo, sino también su compromiso concreto de ayuda para combatir la marginación y el sufrimiento.” ¿Si, cómo no?
En Sollicitudo rei socialis de 1987, escribió que “La doctrina social de la Iglesia no es, pues, una «tercera vía» entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial.” El viejo truco de intentar quedar bien con todo el mundo. Me recuerda que sólo uno o dos personajes se autodenominan neoliberales.

Para terminar, nada sorprendente en esta última encíclica. Sin tanta recurrencia a Dios, fácilmente puede ser firmado por el FMI, el BM, por cualquier político electorero o por los opinadores en los medios y las OMGs. (Organizaciones Muy Gubernamentales). Por ejemplo todos estos organismos llaman también desarrollo al capitalismo. Seguro será citado con frecuencia para untarse de la aceptación eclesial. Sobre esto último, sospechosamente días después, el G8 concluyó en tono similar. En último término, el mensaje del Vaticano puede ser interpretado así: El desarrollo tiene problemas. Y cuidado que los comunistas son peligrosos.

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