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LA NAVIDAD... ENTRE SANTA CLAUS Y LOS NEGOCIOS. ¿QUE ES LO QUE ESTAMOS CELEBRANDO?



No sólo para Navidad, la televisión nos atiborra con mensajes subliminales para incitarnos a comprar algo. Los motivos no faltan, y si no los hay, se inventan: ahí están los días del padre, de la madre, de los enamorados, de la secretaria, del niño, y todos aquellos días que hagan falta.

Me soplan al oído que se quiere también implantar el día del sexo. Seguramente, esto último, para satisfacer las necesidades de los negocios del ramo, vendiendo en ese día hartos condones y píldoras de viagra, e incluso, consoladores y toda una batería de sofisticados aparatos que hagan estimular el sexo.

Total para el mercado cualquier recurso vale, si ello sirve para aumentar sus ventas y hacer florecer sus negocios. No olvidemos que hoy el mercado es el que manda, y punto. Todo un festín para malls,retails, y hasta para el negocio de la esquina, que ven en estas celebraciones, una gran oportunidad parahacer sus pingues negocios.

Sin embargo, todo indica que la Navidad parece ser la fecha que marca el peak de la desenfrenada parafernalia de este mundo en que todo se ha vuelto mercadeo y negocio. En efecto, en nuestro país, recién apagados los ecos de esa lata televisiva llamada Teletón, que nos incitaba, en nombre de la solidaridad, a comprar determinada marca de yogurt o jabón, inmediatamente, pisándole los talones, se empezó a descargar una nueva oleada de publicidad incitándonos a comprar, para esta ocasión, el regalo tal o cual para celebrar el nacimiento del niño-Dios; al menos esa es la excusa oficial con que hace siglos se fijó esta fecha conmemorativa.

En efecto, basta salir a la calle para ver en las vitrinas una infinidad de ofertones, puestos ahí al alcance de nuestras manos. Si no tenemos dinero, poco importa, para eso están las tarjetas de créditos. Lleve ahora y pague después, reza la propaganda. Incluso, la primera cuota la podremos pagar recién el próximo mes de Abril. Con tanta facilidad difícil resulta no encalillarse, incluso, con recesión y todo, lo que parece ya no importar, pues en nuestro imaginario el comercio nos ha convencidoque para el día de Navidad tenemos que regalarle algo a alguien.

Ahora bien… ¿Qué decir sobre la Navidad? ¿Quién verdaderamente se acuerda esa noche del nacimiento del niño Dios? ¿Tiene sentido celebrar dicho nacimiento, cuando en lo que fue su cuna árabes y judíos siguen matándose? ¿Tiene sentido adornar el portalito de Belén con lindas figuras, mientras el mayor criminal de la tierra, aún antes de abandonar la Casa Blanca, sigue matando a niños, mujeres y ancianos en Iraq y Afganistán? ¿Y los miles de muertos por el Sida y el hambre en Africa y en otras partes? ¿Y la violencia en Colombia y demás lugares? ¿Y la represión en nuestro país contra el pueblo mapuche? ¿Y los cuerpos encontrados mutilados en México por la mafia del narcotráfico? ¿Y los millones de seres que sobreviven con trabajos marginales y precarios? ¿Y qué decir para los millones de cesantes en el mundo? ¿Qué estamos celebrando en realidad? ¿Es que acaso se puede seguir hablando de noches buenas y noches de paz cuando dos tercios de la humanidad parecen desconocer el significado de tan ajada palabra?

Debo confesarlo, desde niño ninguna experiencia negativa aparecía asociada a mi recuerdo de la Navidad, más bien al contrario. Antaño eran recuerdos del inicio de vacaciones, de días festivos y de la recepción de regalos. Pensaba, de niño, ingenuamente, que todos mis semejantes eran poco menos que mis hermanos. Me regocijaba ver a los grandotes asaz de felices disfrutando de vapores etílicos y fastuosas comidas, muchas de ellas terminadas en bacanales. Es que eran otros tiempos en donde la espiritualidad y el recogimiento era algo a lo que se le hacía caso. Sin embargo, ahora pasado ya muchos años, y con la experiencia de haber comprobado la existencia de un mundo neoliberal hipócrita, siento una sensación distinta. No puedo dejar de sentir cierta hostilidad hacia todo lo que signifique guirnaldas, villancicos y pesebres.. Para que hablar de mi incontenible deseo de poner a Papá Noel frente a un pelotón de fusilamiento.

¿Y qué culpa tiene el viejito pascuero de mi bronca?...Quizá sea el símbolo que representa lo que más me fastidia. Un canto a la más tonta de las estupideces humana. Una simple invención que nada tiene quever con lo que supuestamente el mundo cristiano está celebrando. Si, porque para los que no lo saben, el famoso viejito pascuero,es una invención que nada tiene que ver con el origen de esta festividad. Por decirlo, de algún modo,un viejo intruso, y más encima, pesado y cargoso. No nació en Belén, ni siquiera en alguno de los territorios que la historia bíblica nos enseñó se sucedió tan magno acontecimiento (nacimiento del niño Dios).

Compárese, pues, que los llamados Santos Reyes, sí formaron parte de los sucesos relacionados con el Nacimiento del Niño Jesús, le conocieron personalmente, le adoraron y le llevaron presentes, conociendo también a María, su madre, y, de seguro que también, a José, el esposo de María. Muchos años antes de que apareciera Santa Claus se festejaba a los Santos Reyes y en la gran mayoría de los países católicos son los Reyes Magos quienes traen anualmente juguetes, regalos y dulces a los niños y a los mayores

Entonces…¿Qué es realmente la Navidad?, ¿Lo sabemos realmente?, ¿Somos conscientes de lo que celebramos?. Ahora bien, si no lo sabemos, y con mayor razón, si lo sabemos, es hora ya de preguntarnos …Qué monos pinta este viejo pesado e intruso?...¿Como es que ha llegado a jodernos tanto la pita?.. ¿Cómo es que llegó a pasarse por el aro al mismo Jesús, al punto de desplazarlo como figura central de esta conmemoración?.

Hasta donde se sepa la figura de este viejo pascual no nos trae a la imagen ningún signo de espiritualidad, ni menos su cara bobalicona nos invita a ningún recogimiento. Al contrario, su figura es la de un viejo cagado de la risa, que con su bolsa al hombro anda repartiendo regalos, sin que nadie sepa de dónde es que saca tanto dinero para andar repartiendo regalos a diestra y siniestra a todos los niños del mundo, ¡y ojo!... a los adultos, también.

Para donde demos vuelta nuestras miradas la misma imagen. En las pantallas de televisión, en las vitrinas y en las calles, por doquier se nos aparece la figura espectral de este ridículo viejo regordete, y más encima, intruso. ..¿Tiene alguna gracia esto? ¿Por qué esta espectral figura llegó a desplazar la popularidad del mismo Jesús en las festividades navideñas? ¿Participó Santa Claus del trascendental suceso histórico hecho realidad en Belén? Definitivamente, no. Santa Claus no participó en los sucesos de Belén, por la sencilla razón de que a quien se relaciona con Santa Claus, fue San Nicolás de Bari, nacido unos 300 años después del nacimiento de Cristo.

En efecto, aunque se desconoce con exactitud su lugar de nacimiento, parece ser que nació en Parra (Asia Menor) y que después de regresar de un viaje a Egipto y Palestina fue elegido obispo de Myra. Cuenta la historia que después de ser perseguido y encarcelado fue liberado al subir al trono Constantino, hechos que ocurrieron a principios del siglo IV. Se le llama San Nicolás de Bari porque ese fue su nombre y por haber sido trasladadas sus cenizas a Bari en el 1087. Dice la leyenda que con sus dádivas salvó a varias jóvenes de contraer matrimonios no deseados y que ayudaba anónimamente a los menesterosos, dando así lugar a la costumbre de ofrecer regalos, juguetes y dulces a los niños el 6 de diciembre, día de su fiesta, de la cual se pasó al día de Navidad, 25 de diciembre. Su vestimenta se relaciona con el atuendo medieval holandés. Fueron los primeros colonizadores holandeses quienes traspasaron la tradición a Norteamérica.

En un cuadro así lleno de tocas invenciones, contemplar el espectáculo navideño en el estado que se practica hoy, es un ejercicio inquietante, generador de un gran stress y melancólica desazón al pensar si no tenemos nada mejor que hacer en la vida que hacerle caso a personajillos ridículos e inventados como el regordete del caso. Lo peor es que, probablemente, todo el mundo piensa lo mismo, pero las circunstancias nos empujan inexorablemente a la vorágine consumista en navidades y toda su parafernalia. Dice el refrán popular: “a río revuelto ganancia de pescador”. Mientras el mundo sigue confuso el mercado sigue haciendo su gran negocio. Por eso, todos le hacen caso al ridículo viejito pascuero, que es el que en último término hace los regalos de Pascua…Acaso todos no sueltan esa tonta pregunta… ¿Y a ti, que te trajo el viejito pascuero?

Sin duda, todo parece concluir que estamos viviendo una época de deseos inconcebidos y que de algún modo necesitamos refugiarnos en algo para paliar nuestras frustraciones. Para eso está la espiritualidad, la genuina. Pero cuando esa espiritualidad se desvirtúa y se desmadra, metiéndonos por las narices a un vejete intrusillo como Santa Claus, o Papá Noel, o como quiera llamársele, es que todo el mundo esta mal de la cabeza con un destino seguro para ser examinado por el mejor de los psiquiatras. Sí, a un psiquiatra, porque dentro de este estado generalizado de estupidez la gente parece no saber, o no quiere saber, que los más contentos con las navidades no son los niños, sino los comerciantes celebrando sus pingues negocios. ¿Tienen que seguir siendo los ciudadanos de a pie los que laven sus conciencias cada Nochebuena echando mano a sus bolsillos?

¿Y qué fue de Gaspar, Melchor y Baltasar?, los tres reyes magosque acudieron a adorar al niño Dios llevándoles regalos. ¿Quien se acuerda de ellos el día de las navidades, verdaderos inspiradores de la costumbre cristiana de hacer regalos? ¿Qué escondida fuerza pudo haber tenido el viejillo regordete de Santa Claus para haber desplazado en popularidad el día de la navidad, ya no tan sólo al mismo Jesús, sino también a los tres reyes magos?...¿Acaso los niños se acuerdan en ese día del niño Dios y de los tres reyes magos? Por cierto que no, incluso, la mayoría de ellos ni saben de su existencia. Para ellos tan sólo tiene validez el Viejito Pascuero, aquella figura espectral y ridícula que creen les traen los regalos, aquellos que compraron sus padres en el comercio endeudándose hasta la coronilla con las tarjetas de crédito.

Es por esto y otra razones que cada vez más me produce un gran fastidio aquella sofisticada y generalizada tradición del regalo. ¿Cómo explicar que dos personas/familiares/amigos se devaneen los sesos pensando qué regalarse mutuamente, y haciéndose todo un nudo por lo que debiendo ser un simple detalle se convierta en toda una obligación? Todo sea para mayor gloria del capitalismo, más aún cuando ahora se encuentra más globalizado que antes.

Pero, la guinda de la torta, la gota que colma el vaso de la paciencia de seres voluntariamente antisociales como el que escribe esta nota, es el tener que soportar una invasión de sonrisas forzadas, saludos vacíos y deseos mutuos de paz, con palmoteos en la espalda. Exijo en estas navidades mi derecho a que no se me felicite ni se me golpee la espalda, bajo la amenaza de soltar un discurso irreverente que haría saltar de su trono hasta el mismo Papa. Denunciar, por ejemplo, que todo lo que nos dice la Biblia es una gran mentira, amén de otras falacias históricas que se han levantado en torno a esta fecha, como que Jesús no nació el día 25. Y que nadie me podrá negar que en Belén nunca nevara como así lo hace aparecer el viajito pascuero cuando viaja en su trineo cargado de regalos.

Por de pronto, a lo menos, me queda el consuelo de que he quedado libre de aquella singular costumbre hipócrita de tener que soportar vomitivas comidas o cocktails navideños en la oficina, sin que se sepa muy bien a qué obedecen, a menos que sea para glorificar a los jefes y aumentar la genuflexión de los subalternos.

Si la Navidad es sólo una obligada celebración social de no se sabe qué, lo lógico es que se nos haga odiosa. En efecto, una Navidad sin alma y obligatoria, reducida a opíparas comilonas y a una orgía de consumo es lógico que repugnen. Las luces que adornan las calles y los escaparates, los árboles engalanados que adornan plazas y establecimientos, los villancicos como música ambiental, las grandes superficies atiborradas de gente comprando compulsivamente,etcétera, para una parte significativa de la sociedad se ha convertido en un rito tedioso.


Lo que sucede con la Navidad es un síntoma de lo que le está ocurriendo a la civilización occidental: una creación netamente cristiana que ha perdido su alma. De igual modo que a nivel sociológico la Navidad va camino de convertirse en un residuo del pasado, en una costumbre que ha perdido el hálito que le daba vida, los valores sobre los que se ha construido la civilización occidental se encuentran claramente en crisis, porque ha perdido vigencia espiritual y el sentido de la trascendencia, que, quizá sin darnos cuenta, le daban vida.

Bueno,. ¿Qué más quieren que les diga?..., cada vez más me fastidian las navidades, y punto. Es la misma historia de siempre. Atiborrados de comercio, mucho consumo y olvidados por algunos días que los excesos se pagan. Por eso, si mucha gente olvida el verdadero espíritu navideño, gracias al cual existe la fiesta, como es el nacimiento de Jesucristo, quiero recordarles que después de pasadas éstas, tendrán que volver a la realidad. La primera de ellas es el de cómo pagar las incontables cuotas de su tarjeta de crédito… Los excesos, al final, terminan por pasar la cuenta.

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